Ricardo Enrique Bochini

CHICHE, JUEGO, ENTRETENIMIENTO, PROFESIÓN. DESDE SU PRIMER POTRERO HASTA PISAR UNA CANCHA CON LA CAMISETA DEL SELECCIONADO, RICARDO ENRIQUE BOCHINI TUVO UNA COMPAÑERA ÚNICA, UNA AMIGA EXCLUSIVA, UNA NOVIA IRREEMPLAZABLE. 

"ES COMO SI LA PELOTA FUERA MI VIEJA"  

CARLOS MARCELO THIERY
Fotos: RODRIGUEZ (Enviados a Zárate)

Revista "El Gráfico", 20/11/73

Alguno que tenía la puerta entreabierta vio bajar el escobillón de pelo oxidado por la barranca de la calle Pagola y la noticia empezó a saltar todos los tapiales de la zona: el Richard volvió. . . El Richard está en la casa.
El Richard dijo: "Abra, papá, que soy yo", y antes de meterse en la casita cuadrada, paredes celestes y patio de tierra, alcanzó a darse cuenta de que el ilustre rincón suburbano dependía de todas sus palabras, de cualquier gesto suyo. Allá arriba la ciudad de Zárate dormitaba colgando de sus chimeneas industriales. Acá abajo, en la pintoresca orilla inmortalizada como "el Villango" -derivado de Villa Angus, bautismo original-, Ricardo Enrique Bochini terminaba de entrar nuevamente en su pequeño mundo de toda la vida, al área chica familiar.

El Richard en el barrio. 
Un reencuentro con la Escuela 24.

Hola, barrio. 
El alma gasolera de un colectivo gime trepando el repecho. Por las ventanas entornadas se cuela el cacareo de los despertadores que suenan a las seis, y el olor a café con leche. En las esquinas doblan varones de mameluco piloteando sus bicicletas de piñón libre y freno a zapatilla. Delantales. Pantuflas. Pañoletas. A 5 cuadras, flotando sobre el Paraná, muge la corneta del ferry-boat. Y Juancito Sagasta -que no llegó a crack porque la vida es una quiniela- estará seguramente sentado en un cordón recitando de memoria todos los equipos profesionales de fútbol desde 1931 hasta hoy.
Eso es lo que había venido a buscar. Eso es lo que había extrañado tanto. Nada más que diecinueve años, titular en la primera de Independiente, edad de cuarta división, jugador del seleccionado. Tímido, pero famoso. Y a pesar de todo, la única ambición desesperada que había tenido en los últimos meses era la de volver a ser simplemente el Richard, la de fondear entre los brazos de papá y mamá, la de jugar un rato sin libreto en la canchita de enfrente junto a todos sus hermanos.
Sin embargo, Zárate -que siempre bombardeó a Buenos Aires con gente de talento- lo obliga a ponerse en la cola de sus hijos más populares y nombra al gambeteador Ricardo Enrique Bochini con tanto orgullo como menciona al basquetbolista Vasino, al cantor Héctor Mauré, al baterista Tito Alberti, al recitador Fernando Ochoa, a los poetas Homero y Virgilio Expósito, al ventrílocuo Mister Chassman, al músico Armando Pontier, a la dinastía de cantores formada por los hermanos Berón, al director de cine Raúl de la Torre, al Chiche Lamelza, a Giachello, a Ataúlfo Sánchez..

Pero a mí me gusta venir a casa y ser el de siempre. Nada de ídolo. Aquí soy simplemente el cuarto de los nueve hermanos Bochini. El que a los 13 años se negaba a jugar en el club Belgrano porque le tenía miedo a la gente que se pone detrás del alambrado, el que no quería salir del potrero. Porque para todos nosotros la pelota fue como la vieja: la quisimos de nacimiento y la vamos a querer hasta el último día. Imaginate, me levantaba a la mañana y ya estábamos jugando "al cabeza" de cama a cama. Iba a la escuela, y en los recreos llamaba a cualquiera de mis hermanitos para que fuera hasta casa y me pasara la pelota por encima de la pared. Tomaba la leche y entre trago y trago me levantaba para patear penales en un arco que habíamos hecho en el fondo. Terminaba los deberes y volaba a la canchita de enfrente para jugar hasta que se hiciera de noche. Así desde los tres o cuatro años. Así durante días, meses y años. Queriendo a la pelota como única amiga. Necesitándola. Reconociéndola como el mejor chiche del mundo. Quizá por eso todos nosotros nos defendimos desde pibes para jugar al fútbol. Mi hermano Hugo -el mayor- es un fenómeno. No juega en primera porque no tuvo suerte en Buenos Aires y se quedó en Belgrano, de Zárate, nuestro club. Néstor, "el oreja", que ahora está en la colimba, no desentonaría en ningún equipo porteño. Aldo el que me sigue no tiene rivales en el barrio. Fermín, a los 14 años ya juega en la novena de Independiente. Dante le repite los pasos y Hernán, el más chiquito, mí hermano de seis años, ya le pega de chanfle con las dos..." 

La voz firme de papá Bochini explica que los camellos se extenuaban antes de llegar a la barranca y que los reyes no siempre podían bajar hasta "él Villango". "Con la honestidad, con el trabajo y con una pelota para los pibes nos alcanzó para ser felices." Aprendiendo silenciosamente a no pedir nada más, el Richard se hizo callado y cada vez acortó más sus frases, cada día fue perfeccionando la necesidad de decir todo lo que puede decir un chico usando la cintura, las canillas, la cabeza, los empeines, los tacos, el borde externo de cada pie. Y los ojos, agrandados por el respeto incondicional cuando habla papá: "Por suerte, todos me salieron derechos y jamás tuve que sentarme a hablar mano a mano con ninguno de los pibes porque hubieran hecho alguna macana. Nunca hubo lujo en mi casa, pero desde chicos aprendieron a conformarse con lo que había, a respetar a los mayores, a repartir lo que tenían. Si alguno más aparte del Richard tuviera la suerte de llegar a ser un gran jugador, ya lo sabe. Antes de traer dinero a casa hay que darle al que necesite, sobre todo si es un chico. Antes que darnos cualquier lujo a nosotros prefiero que lo saquen el hambre a un pibe de la calle, aunque así el hambre lo pasen ellos..." Don Antonio Bochini, empleado municipal, el hombre que todavía no se animó a ver personalmente cómo pasan de largo los marcadores centrales frente a las gambetas de su cuarto hijo, se queda ahora con una sola preocupación: "Tenemos que arreglar la Escuela 24. No puede ser que la purretada del barrio estudie entre las goteras..."
Mamá Bochini habla poco. Es una de esas mujeres laboriosas que esconden la voz, pero dicen poemas enmantecando las tostadas, estirando el mantel, hundiendo las manos en la espuma del fuentón. "El Richard fue siempre buenito..." "El Richard nunca trajo problemas." "Pero yo no sirvo para contar: mejor mire los boletines de la escuela primaria; mejor ves en las fotos lo gordo que era cuando tenía dos años..."
El hermano Hugo lo recuerda aprendiendo a caminar y a patear de derecha, todo al mismo tiempo. "Después empezó a jugar diez horas diarias en la canchita. Era wing derecho, y él mismo se aplaudía cuando hacía un gol..." Fermín está en deuda con el ídolo: "Yo pido mil pesos en casa y me voy a Buenos Aires para verlo jugar. El me llevó a Independiente, pero me volví porque viviendo en el estadio, de noche extraño mucho, aunque voy a volver..." Y Hernán lleva bajo su bracito el motivo del agradecimiento despertado por el hermano ídolo: "Esta pelota me la trajo desde Bolivia. Está firmada por los jugadores de la selección..."
Las paredes celestes. La sombra de un árbol en el patio de ladrillos y tierra apisonada. La voz de mamá que llama a tomar la leche. Eso es lo que Ricardo Enrique Bochini -después de andar por todo el mundo- había venido a buscar.


Nunca pensé que podía llegar tan rápido, aunque siempre me tuve fe para jugar en una primera. A veces me pongo a pensar que el año pasado estaba todavía en la quinta división y no puedo creer que ya haya viajado a Cannes con el juvenil, a Bolivia con la selección "fantasma", a diez o doce países de Europa con Independiente... Tuve suerte. Por ejemplo, tuve suerte de no encontrar ningún director técnico que quisiera cortarme la diversión cuando salgo a la cancha. Porque salvo marcar un poco más, yo jugué la final por la Copa Libertadores con la misma alegría que en el potrero. Porque sigo haciendo gambetas y tirando caños de puro gusto, siempre que la pelota vaya para adelante y al equipo te sirva, corno lo hacia en la canchita de aquí enfrente... En aquella época era fanático de San Lorenzo y no creía que pudiera haber en el mundo una camiseta más linda que la roja y azul. Y bueno, la vida se dio vuelta. Hace cuatro años mi papá me llevó a San Lorenzo, yo había cumplido los 15. Me recibió un hombre que sólo probaba chicos hasta de 14. Entonces me recomendó a Diego García, pero Diego García se ocupaba de los mayores de 16. Mí edad era como un sandwich con fetas de aire. Y yo me quedé con la ilusión.
Otra vez, un tal Campos me probó para Boca en La Candela. Jugué nada más que 10 minutos y me maté. No me quedó ningún chiche por hacer. Sin embargo me pidió que volviera el martes siguiente, pero que jugara un poco mejor. Tampoco Boca pudo ser. No volví nunca. No me animaba a jugar el doble de lo que había jugado aquel día, ni creo que lo pueda conseguir jamás... 

La vieja Escuela 24, de piel mantenida a vigorosos brochazos de cal. El patio. Doña Ana María Formigoni de Bellusci que recuerda al Richard Bochini como "un alumno buenito y aplicado". Las demás maestras lo vieron pasar por allí hace apenas seis años y lo reencontraron en la pantalla del televisor hace pocas semanas, jugando para la selección, contra Bolivia. El Club Atlético Belgrano, su primer club, su trampolín para llegar a Independiente. Y todo Zárate para el ídolo zarateño más flamante de todos: el Náutico, el Puerto, la vieja estación del Ferrocarril Urquiza, los monumentales pilotes del complejo a Brazo Largo, los empedrados de la calle Rivadavia bajando hasta el lomo del río. Las pibas, los sauces, las fábricas, los potreros. El Richard volvió. El Richard está en su ciudad..

A principios del año que viene seguramente voy a firmar mi primer contrato. No es que me importe especialmente ser profesional sino que espero ese momento para cumplir un sueño: comprar una casa para mi familia aquí en Zárate. Pensando en eso llegué a Independiente cuando me llevó Henricot -el DT de Belgrano- y pensando en eso no me importará seguir viviendo en una pensión de Avellaneda, salir poco, andar en colectivo. Por ahora llevé a casa un grabador y un televisor chiquito que compré en Bolivia. Pero hasta que no les compre el techo no paro. Y no voy a cambiar, no me olvidaré de nadie, volveré al barrio todas las veces que pueda porque así le daré más satisfacciones a mis viejos que haciendo seis goles en un partido. Total..., yo siempre seré el mismo. Siempre voy a jugar a la pelota en el potrero de enfrente, siempre habrá tiempo para jugar "un cabeza" de cama a cama con cualquiera de mis hermanos, siempre tendré a mano una número cinco, una de goma o un bollito de papel para hacer jueguito con los pibes de¡ barrio..." 

Alguien que dejó la puerta entreabierta vio cómo el cabezón de pelo oxidado subía la barranca de la calle Pagola para volver a Buenos Aires y en el "Villango" no hubo fronteras para la noticia fresca: el Richard quiere jugar el Mundial del año que viene. El Richard va a mandar postales desde Alemania...

La campana, la señorita Bellusci y el alumno más famoso que pasó por la escuelita de O'Higgins y Pagola. Cinco de los nueve hermanos Bochini reunidos con la mejor amiga. Hugo, Fermín, Aldo, Hernán y el Richard, en la canchita de enfrente. La casa paterna, la escena familiar. El hermano Hugo, la hermana Mónica, la mamá, Fermín, papá Bochini y el ídolo con Hernán en brazos.