
El Richard en el barrio.
Un
reencuentro con la Escuela 24. |
Hola,
barrio.
El alma gasolera de un colectivo gime trepando el repecho. Por las
ventanas entornadas se cuela el cacareo de los despertadores que suenan a
las seis, y el olor a café con leche. En las esquinas doblan varones de
mameluco piloteando sus bicicletas de piñón libre y freno a zapatilla.
Delantales. Pantuflas. Pañoletas. A 5 cuadras, flotando sobre el Paraná,
muge la corneta del ferry-boat. Y Juancito Sagasta -que no llegó a crack
porque la vida es una quiniela- estará seguramente sentado en un cordón
recitando de memoria todos los equipos profesionales de fútbol desde 1931
hasta hoy.
Eso es lo que había venido a buscar. Eso es lo que había extrañado
tanto. Nada más que diecinueve años, titular en la primera de
Independiente, edad de cuarta división, jugador del seleccionado. Tímido,
pero famoso. Y a pesar de todo, la única ambición desesperada que había
tenido en los últimos meses era la de volver a ser simplemente el
Richard, la de fondear entre los brazos de papá y mamá, la de jugar un
rato sin libreto en la canchita de enfrente junto a todos sus hermanos.
Sin embargo, Zárate -que siempre bombardeó a Buenos Aires con gente de
talento- lo obliga a ponerse en la cola de sus hijos más populares y
nombra al gambeteador Ricardo Enrique Bochini con tanto orgullo como
menciona al basquetbolista
Vasino, al cantor Héctor Mauré, al baterista Tito Alberti, al recitador
Fernando Ochoa, a los poetas Homero y Virgilio Expósito, al ventrílocuo
Mister Chassman, al músico Armando Pontier, a la dinastía de cantores
formada por los hermanos Berón, al director de cine Raúl de la Torre, al
Chiche Lamelza, a Giachello, a Ataúlfo Sánchez..
Pero
a mí me gusta venir a casa y ser el de siempre. Nada de ídolo. Aquí soy
simplemente el cuarto de los nueve hermanos Bochini. El que a los 13 años
se negaba a jugar en el club Belgrano porque le tenía miedo a la gente
que se pone detrás del alambrado, el que no quería salir del potrero.
Porque para todos nosotros la pelota fue como la vieja: la quisimos de
nacimiento y la vamos a querer hasta el último día. Imaginate, me
levantaba a la mañana y ya estábamos jugando "al cabeza" de
cama a cama. Iba a la escuela, y en los recreos llamaba a cualquiera de
mis hermanitos para que fuera hasta casa y me pasara la pelota por encima
de la pared. Tomaba la leche y entre trago y trago me levantaba para
patear penales en un arco que habíamos hecho en el fondo. Terminaba los
deberes y volaba a la canchita de enfrente para jugar hasta que se hiciera
de noche. Así desde los tres o cuatro años. Así durante días, meses y
años. Queriendo a la pelota como única amiga. Necesitándola. Reconociéndola
como el mejor chiche del mundo. Quizá por eso todos nosotros nos
defendimos desde pibes para jugar al fútbol. Mi hermano Hugo -el mayor-
es un fenómeno. No juega en primera porque no tuvo suerte en Buenos Aires
y se quedó en Belgrano, de Zárate, nuestro club. Néstor, "el
oreja", que ahora está en la colimba, no desentonaría en ningún
equipo porteño. Aldo el que me sigue no tiene rivales en el barrio. Fermín,
a los 14 años ya juega en la novena de Independiente. Dante le repite los
pasos y Hernán, el más chiquito, mí hermano de seis años, ya le pega
de chanfle con las dos..."
La
voz firme de papá Bochini explica que los camellos se extenuaban antes de
llegar a la barranca y que los reyes no siempre podían bajar hasta "él
Villango". "Con la honestidad, con el trabajo y con una pelota
para los pibes nos alcanzó para ser felices." Aprendiendo
silenciosamente a no pedir nada más, el Richard se hizo callado y cada
vez acortó más
sus frases, cada día fue perfeccionando la necesidad de decir todo lo que
puede decir un chico usando la cintura, las canillas, la cabeza, los
empeines, los tacos, el borde externo de cada pie. Y los ojos, agrandados
por el respeto incondicional cuando habla papá: "Por suerte, todos
me salieron derechos y jamás tuve que sentarme a hablar mano a mano con
ninguno de los pibes porque hubieran hecho alguna macana. Nunca hubo lujo
en mi casa, pero desde chicos aprendieron a conformarse con lo que había,
a respetar a los mayores, a repartir lo que tenían. Si alguno más aparte
del Richard tuviera la suerte de llegar a ser un gran jugador, ya lo sabe.
Antes de traer dinero a casa hay que darle al que necesite, sobre todo si
es un chico. Antes que darnos cualquier lujo a nosotros prefiero que lo
saquen el hambre a un pibe de la calle, aunque así el hambre lo pasen
ellos..." Don Antonio Bochini, empleado municipal, el hombre que
todavía no se animó a ver personalmente cómo pasan de largo los
marcadores centrales frente a las gambetas de su cuarto hijo, se queda
ahora con una sola preocupación: "Tenemos que arreglar la Escuela
24. No puede ser que la purretada del barrio estudie entre las goteras..."
Mamá Bochini habla poco. Es una de esas mujeres laboriosas que esconden
la voz, pero dicen poemas enmantecando las tostadas, estirando el mantel,
hundiendo las manos en la espuma del fuentón. "El Richard fue
siempre buenito..." "El Richard nunca trajo problemas."
"Pero yo no sirvo para contar: mejor mire los boletines de la escuela
primaria; mejor ves en las fotos lo gordo que era cuando tenía dos años..."
El hermano Hugo lo recuerda aprendiendo a caminar y a patear de derecha,
todo al mismo tiempo. "Después empezó a jugar diez horas diarias en
la canchita. Era wing derecho, y él mismo se aplaudía cuando hacía un
gol..." Fermín está en deuda con el ídolo: "Yo pido mil pesos
en casa y me voy a Buenos Aires para verlo jugar. El me llevó a
Independiente, pero me volví porque viviendo en el estadio, de noche
extraño mucho, aunque voy a volver..." Y Hernán lleva bajo su
bracito el motivo del agradecimiento despertado por el hermano ídolo:
"Esta pelota me la trajo desde Bolivia.
Está firmada por los jugadores de la selección..."
Las paredes celestes. La sombra de un árbol en el patio de ladrillos y
tierra apisonada. La voz de mamá que llama a tomar la leche. Eso es lo
que Ricardo Enrique Bochini -después de andar por todo el mundo- había
venido a buscar.
|
|
Nunca
pensé que podía llegar tan rápido, aunque siempre me tuve fe para jugar
en una primera. A veces me pongo a pensar que el año pasado estaba
todavía en la quinta división y no puedo creer que ya haya viajado a Cannes
con el juvenil, a Bolivia con la selección
"fantasma", a diez o doce países de Europa con
Independiente... Tuve suerte. Por ejemplo, tuve suerte de no encontrar
ningún director técnico que quisiera
cortarme la diversión
cuando salgo a la cancha. Porque salvo marcar un poco más, yo jugué la
final por la Copa Libertadores con
la misma alegría que en el potrero.
Porque sigo haciendo gambetas
y tirando caños de puro gusto, siempre que la pelota vaya para
adelante y al equipo te sirva, corno lo hacia en la canchita
de aquí enfrente... En aquella época era fanático de San Lorenzo
y no creía que pudiera haber en el mundo una camiseta más linda que la
roja y azul. Y bueno, la vida se dio vuelta. Hace cuatro años mi papá me
llevó a San Lorenzo, yo había cumplido los 15. Me recibió un hombre que
sólo probaba chicos hasta de 14. Entonces me recomendó a Diego
García, pero Diego García
se ocupaba de los mayores de 16. Mí edad era como un sandwich con fetas
de aire. Y yo me quedé con la ilusión.
Otra vez, un tal Campos me probó para
Boca en La Candela. Jugué nada más que 10 minutos y me maté. No me quedó
ningún chiche por hacer. Sin embargo me pidió que volviera el martes
siguiente, pero que jugara un poco mejor. Tampoco Boca pudo ser. No
volví nunca. No me animaba a jugar el doble de lo que había jugado aquel
día, ni creo que lo pueda conseguir jamás...
La
vieja Escuela 24, de piel mantenida a vigorosos brochazos de cal. El
patio. Doña Ana María Formigoni
de Bellusci que recuerda al Richard Bochini
como "un alumno buenito
y aplicado". Las demás maestras lo vieron pasar por allí
hace apenas seis años y lo reencontraron en la pantalla del televisor
hace pocas semanas, jugando para la selección, contra Bolivia. El Club
Atlético Belgrano, su
primer club, su trampolín para llegar a Independiente. Y todo Zárate
para el ídolo zarateño más
flamante de todos: el Náutico, el Puerto, la vieja estación del
Ferrocarril Urquiza, los monumentales pilotes
del complejo a Brazo Largo, los empedrados de la calle Rivadavia bajando
hasta el lomo del río. Las pibas,
los sauces, las fábricas, los potreros. El Richard volvió. El
Richard está en su ciudad..
A
principios del año que viene seguramente voy a firmar mi primer contrato.
No es que me importe especialmente ser profesional sino que espero ese
momento para cumplir un sueño: comprar una casa para mi familia aquí en
Zárate. Pensando en eso llegué a Independiente cuando me llevó Henricot
-el DT de Belgrano- y
pensando en eso no me importará seguir
viviendo en una pensión de Avellaneda,
salir poco, andar en colectivo.
Por ahora llevé a casa un grabador y un televisor chiquito que compré en
Bolivia. Pero hasta que no les compre el techo no paro. Y
no voy a cambiar, no me olvidaré de nadie, volveré al barrio
todas las veces que pueda porque así le daré más satisfacciones a mis
viejos que haciendo seis goles en un partido. Total...,
yo siempre seré el mismo. Siempre voy a jugar
a la pelota en el potrero de enfrente, siempre habrá tiempo para
jugar "un cabeza" de cama a cama con cualquiera de mis hermanos,
siempre tendré a mano una número cinco, una de goma o un bollito
de papel para hacer jueguito con los pibes
de¡ barrio..."
Alguien
que dejó la puerta entreabierta vio cómo el cabezón de pelo oxidado subía
la barranca de la calle Pagola para volver a Buenos Aires y en el
"Villango" no hubo fronteras para la noticia fresca: el Richard
quiere jugar el Mundial del año que viene. El Richard va a mandar
postales desde Alemania...
|